Durante generaciones aprendimos a entender la política a partir de grandes etiquetas: izquierda y derecha, capitalismo y socialismo, liberalismo y comunismo. Más tarde aparecieron otras: socialdemocracia, neoliberalismo, progresismo, conservadurismo o nacionalismo.
Esas categorías fueron útiles. Explicaban visiones distintas sobre la propiedad, el papel del Estado, la distribución de la riqueza y los derechos de las personas.
Pero algo está cambiando.
En pleno siglo XXI resulta cada vez más difícil encontrar un gobierno que responda de manera pura a alguna de esas definiciones.
Los países que se consideran capitalistas intervienen en sus economías, subsidian sectores estratégicos, protegen industrias y utilizan enormes cantidades de recursos públicos cuando enfrentan una crisis.
Los gobiernos que se identifican con la izquierda utilizan mercados, inversión privada, tratados comerciales y capital extranjero.
China se define como socialista, pero utiliza mecanismos de mercado, inversión privada, competencia empresarial y comercio internacional.
Europa combina capitalismo con sistemas amplios de salud pública, educación, pensiones, regulación laboral y políticas redistributivas.
México tampoco escapa a esta mezcla.
Tenemos una economía abierta al comercio internacional, inversión extranjera, propiedad privada y tratados comerciales. Al mismo tiempo existen empresas públicas, programas sociales, subsidios, regulación económica y una fuerte intervención estatal en determinadas áreas estratégicas.
Entonces aparece una pregunta incómoda:
¿siguen siendo suficientes las etiquetas tradicionales para explicar lo que realmente ocurre?
Probablemente no.
El problema no es que las ideologías hayan desaparecido. Siguen existiendo y continúan siendo importantes.
La izquierda mantiene preocupaciones relacionadas con igualdad, justicia social y redistribución.
La derecha continúa defendiendo con mayor intensidad la propiedad privada, la libertad económica y determinados valores tradicionales.
El liberalismo insiste en las libertades individuales y los límites al poder.
El nacionalismo reivindica soberanía e identidad.
Pero una cosa es la ideología y otra la manera en que funcionan realmente los gobiernos.
Ahí está la diferencia.
Un gobierno puede utilizar un discurso de izquierda y mantener políticas económicas compatibles con los mercados internacionales.
Otro puede presentarse como defensor del libre mercado mientras protege empresas nacionales mediante subsidios, aranceles o contratos públicos.
Un gobierno nacionalista puede hablar de soberanía mientras depende profundamente de inversión extranjera, tecnología internacional y cadenas globales de producción.
Por ello conviene separar tres cosas:
lo que un gobierno dice que es, lo que realmente hace y el sistema económico dentro del cual tiene que actuar.
Muchas veces esas tres dimensiones no coinciden.
Y eso nos conduce a un fenómeno todavía más importante.
El capitalismo tampoco es uno solo
Quizá uno de los errores de nuestro tiempo sea hablar del capitalismo como si existiera una sola versión.
En realidad existen muchas.
Hay capitalismo liberal, con menor intervención estatal.
Hay capitalismo socialdemócrata, acompañado de amplios sistemas de bienestar.
Existe capitalismo estatal, donde el gobierno participa directamente en sectores estratégicos.
También encontramos capitalismo nacionalista, que protege determinadas empresas o industrias.
Y comienza a consolidarse algo todavía más complejo: un capitalismo digital, donde los datos, los algoritmos y la inteligencia artificial se convierten en recursos económicos tan importantes como antes lo fueron el petróleo, el acero o la tierra.
Por eso la discusión contemporánea ya no parece reducirse a escoger entre capitalismo y socialismo.
La verdadera disputa comienza a ser otra:
¿qué tipo de capitalismo estamos construyendo y quién recibe sus beneficios?
Porque no todas las economías de mercado producen los mismos resultados.
Algunas generan altos niveles de bienestar.
Otras producen enormes concentraciones de riqueza.
Algunas utilizan los impuestos para financiar salud, educación e infraestructura.
Otras permiten que la riqueza se concentre mientras el Estado termina absorbiendo las pérdidas cuando aparecen las crisis.
El problema, entonces, no es solamente cuánto mercado o cuánto Estado existe.
La pregunta más importante es:
¿al servicio de quién funcionan ambos?
La globalización cambió las reglas
Durante buena parte del siglo XX imaginamos que los gobiernos podían elegir con relativa libertad su modelo económico.
Hoy esa libertad es mucho menor.
Los países forman parte de cadenas internacionales de producción.
Dependen de mercados financieros.
Necesitan tecnología.
Compiten por inversión.
Importan energía, alimentos, componentes industriales y conocimientos.
Participan en tratados comerciales.
Ningún gobierno puede aislarse completamente de esa estructura sin asumir enormes costos.
Por eso incluso quienes llegan al poder prometiendo romper con determinado modelo económico terminan conservando una parte importante de él.
No necesariamente porque hayan abandonado sus convicciones.
Muchas veces porque las condiciones de la economía mundial limitan las alternativas disponibles.
La ideología sigue existiendo.
Pero la economía global impone fronteras.
El nuevo poder
Aquí aparece quizá la transformación más profunda.
Durante siglos entendimos la política alrededor del Estado.
El gobierno legislaba, recaudaba impuestos, administraba justicia, controlaba fronteras y ejercía autoridad dentro de un territorio.
Pero actualmente existen actores privados con capacidades que antes pertenecían casi exclusivamente a los Estados.
Grandes corporaciones tecnológicas administran cantidades extraordinarias de información.
Las plataformas digitales determinan qué contenidos vemos.
Los algoritmos influyen en nuestras decisiones de consumo.
Los sistemas de inteligencia artificial comienzan a participar en actividades económicas, laborales, educativas y políticas.
Los mercados financieros pueden reaccionar en cuestión de segundos ante una decisión gubernamental.
Y algunas empresas transnacionales poseen recursos superiores a los presupuestos de numerosos países.
Esto cambia profundamente la discusión política.
Ya no basta preguntar:
¿cuánto poder debe tener el Estado?
También debemos preguntarnos:
¿cuánto poder estamos permitiendo acumular fuera del Estado?
Tal vez estamos utilizando un mapa viejo
Continuamos interpretando la política con un mapa construido principalmente durante los siglos XIX y XX.
Izquierda.
Derecha.
Socialismo.
Capitalismo.
Estado.
Mercado.
Pero el territorio cambió.
Ahora existen plataformas digitales, inteligencia artificial, corporaciones globales, mercados financieros instantáneos, cadenas internacionales de producción y formas de concentración económica que los viejos debates ideológicos difícilmente podían imaginar.
Por eso quizás necesitamos agregar otra dimensión al análisis político.
No solamente preguntarnos si un gobierno es de izquierda o de derecha.
También debemos observar cuánto poder concentra, cómo lo utiliza y qué mecanismos existen para controlarlo.
Porque un Estado poderoso puede ampliar derechos.
Pero también puede restringirlos.
Un mercado dinámico puede generar innovación y prosperidad.
Pero también puede producir monopolios y desigualdad.
La tecnología puede democratizar el conocimiento.
Pero también puede concentrar información y capacidad de decisión en pocas manos.
Todo depende de las reglas.
Y, sobre todo, de quién las establece.
La nueva frontera política
Por eso quizá la gran división política del siglo XXI esté desplazándose lentamente.
Durante mucho tiempo pensamos que la disputa principal era:
izquierda contra derecha.
Después fue:
Estado contra mercado.
Ahora podría estar apareciendo una división todavía más importante:
democracia contra concentración del poder.
Porque la verdadera cuestión será determinar quién controla al Estado, quién controla al mercado, quién controla la tecnología y quién controla la información.
Y, sobre todo, quién controla a quienes controlan.
Las ideologías no han muerto.
Siguen expresando valores, aspiraciones y distintas maneras de entender la sociedad.
Pero los modelos económicos puros prácticamente han desaparecido.
Vivimos en sistemas híbridos donde Estado, mercado, capital global, tecnología y política se encuentran profundamente entrelazados.
Por eso quizá la pregunta política más importante de nuestro tiempo ya no sea simplemente:
¿izquierda o derecha?
Tal vez debamos comenzar a formular otra:
¿seguirá el poder económico, político y tecnológico sometido a la democracia o terminará la democracia sometida a ese poder?
Esa puede ser una de las grandes discusiones del siglo XXI.