Manuel Alberto Cruz Martínez
Maestro en Derecho Electoral
25 de septiembre de 2026
Todos queremos vivir tranquilos. Queremos salir de casa sin miedo,
utilizar el transporte público con seguridad, abrir un negocio sin pagar
extorsiones y saber que nuestros hijos regresarán bien. No es demasiado pedir:
proteger a las personas es una de las primeras obligaciones de cualquier
gobierno.
Por eso, cuando las autoridades anuncian detenciones, operativos,
decomisos o el despliegue de miles de elementos de seguridad, es natural sentir
que algo se está haciendo. Las imágenes de patrullas, soldados y personas
detenidas transmiten una sensación inmediata de autoridad.
Pero surge una pregunta que no siempre hacemos: ¿estamos realmente
más seguros o solamente estamos viendo una demostración de fuerza?
No es lo mismo controlar una calle durante algunas semanas que
recuperar una comunidad. Tampoco es igual detener a muchas personas que
investigar correctamente los delitos y llevar ante la justicia a quienes
verdaderamente los cometieron. Mucho menos puede confundirse la presencia de
fuerzas de seguridad con la existencia de instituciones capaces de protegernos
de manera permanente.
Ahí aparece lo que podríamos llamar el espejismo del orden: todo
parece estar bajo control, pero los problemas de fondo permanecen intactos.
Cuando la fuerza ocupa el lugar de la justicia
Imaginemos que en una ciudad disminuyen algunos delitos después de
un gran operativo. El gobierno presenta los resultados y la ciudadanía recupera
temporalmente cierta tranquilidad. Hasta ese momento, la intervención parece
exitosa.
Sin embargo, también deberíamos preguntar qué sucede cuando termina
el operativo. ¿La policía municipal quedó mejor preparada? ¿La fiscalía puede
investigar por sí misma? ¿Los jueces cuentan con pruebas suficientes para
dictar sentencias? ¿Las víctimas fueron atendidas? ¿Las redes económicas de los
delincuentes fueron desmanteladas?
Si la respuesta es negativa, probablemente no se resolvió el
problema: sólo se contuvo durante algún tiempo.
La fuerza puede ser necesaria para enfrentar una amenaza inmediata.
Pero sólo la justicia puede convertir esa reacción en seguridad duradera. Sin
investigaciones profesionales, policías capacitadas, fiscalías eficaces y
jueces independientes, los delincuentes regresan, son sustituidos por otros o
quedan en libertad por expedientes mal integrados.
Por eso, la seguridad no debe medirse únicamente por el número de
detenciones. También importa saber cuántas de ellas estuvieron respaldadas por
pruebas y cuántas terminaron en una sentencia legítima.
Una advertencia mundial
El nuevo informe de IDEA Internacional sobre el estado de la
democracia estudió 174 países a partir de 154 indicadores. Su conclusión
resulta preocupante: el Estado de derecho, la independencia judicial, la
libertad de expresión y la credibilidad de las elecciones están retrocediendo
en muchas partes del mundo.
El dato más importante no es solamente que existan menos libertades.
El estudio sugiere que los países con instituciones débiles también encuentran
mayores dificultades para construir estabilidad.
La lección parece sencilla: concentrar el poder puede dar una
impresión de eficacia, pero no necesariamente produce seguridad permanente.
Algunos gobiernos conservan elecciones, congresos y tribunales. Sin
embargo, poco a poco reducen la capacidad de esas instituciones para controlar
al poder. Las elecciones continúan, pero la competencia se vuelve desigual. Los
jueces permanecen, pero reciben presiones. Los congresos sesionan, pero dejan
de vigilar. Los medios siguen publicando, aunque quienes critican enfrentan
descalificaciones o amenazas.
Desde fuera, las instituciones parecen funcionar. Por dentro, han
comenzado a perder su independencia.
El peligro de vivir permanentemente en emergencia
En una situación grave, el gobierno puede necesitar medidas
extraordinarias. Una ola de violencia, una organización criminal que controla
un territorio o una amenaza directa contra la población exigen una respuesta
firme.
El problema comienza cuando lo extraordinario se convierte en la
manera habitual de gobernar.
Una medida de emergencia debería responder preguntas muy sencillas:
¿por qué es necesaria?, ¿cuánto tiempo durará?, ¿quién vigilará su aplicación?,
¿cómo se corregirán los abusos? y ¿qué autoridad responderá si se afecta a una
persona inocente?
Cuando estas preguntas no tienen respuesta, la emergencia puede
convertirse en un permiso para actuar sin límites.
Entonces aparecen frases peligrosas: “no hay tiempo para
formalidades”, “quien nada debe, nada teme” o “los derechos sólo protegen a los
delincuentes”. Parecen razonables en momentos de miedo, pero olvidan algo
fundamental: las leyes y los derechos también protegen a las personas
inocentes.
Cualquiera puede ser detenido por una confusión, señalado mediante
información falsa o vigilado por error. En esos momentos, contar con un juez
independiente y con la posibilidad de defenderse deja de ser una discusión
académica. Se convierte en la diferencia entre justicia y abuso.
El desafío de México
México necesita una estrategia firme contra la delincuencia. Negarlo
sería ignorar la realidad de miles de familias afectadas por homicidios,
desapariciones, extorsiones y desplazamientos.
Pero firmeza no significa entregar un cheque en blanco a ninguna
autoridad.
Además de conocer cuántas personas fueron detenidas, tendríamos que
saber cuántas víctimas recibieron justicia. Junto con los decomisos, deberíamos
preguntar cuánto dinero ilícito fue localizado y cuántas redes criminales
fueron realmente desmanteladas. Al mismo tiempo que se despliegan fuerzas
federales, debemos conocer qué se está haciendo para fortalecer a las policías
locales y a las fiscalías.
También necesitamos saber quién vigila a quienes nos vigilan.
El informe de IDEA Internacional coloca a México en posiciones
preocupantes en materia de derechos y Estado de derecho. Estas clasificaciones
no son una sentencia definitiva ni significan que todo se encuentre perdido.
Son señales de alerta que deben leerse junto con nuestra realidad: altos
niveles de impunidad, investigaciones deficientes, víctimas que esperan durante
años y comunidades en las que la autoridad llega solamente después de una
tragedia.
Una política de seguridad no puede considerarse exitosa si disminuye
algunos delitos, pero mantiene intacta la impunidad. Tampoco cuando obtiene
resultados sacrificando la independencia de los jueces o cerrando los espacios
para cuestionar a las autoridades.
No tenemos que escoger
A la ciudadanía se le presenta frecuentemente una elección injusta:
seguridad o derechos. Como si para vivir tranquilos tuviéramos que aceptar
abusos, o como si defender la legalidad significara impedir que el gobierno
combata a los delincuentes.
No tenemos que escoger.
Podemos exigir policías eficaces y respetuosas de la ley. Podemos
respaldar el uso legítimo de la fuerza y, al mismo tiempo, pedir que existan
controles. Podemos demandar resultados sin renunciar a nuestra libertad.
Podemos reconocer los aciertos de una estrategia y señalar sus excesos.
La seguridad democrática consiste precisamente en eso: proteger a
las personas tanto de los delincuentes como de los abusos del poder.
Un gobierno fuerte no es aquel que puede actuar sin límites. Es
aquel que obtiene resultados dentro de la ley, explica sus decisiones, corrige
sus errores y responde cuando una autoridad se excede.
Controlar una calle puede producir una imagen momentánea de orden.
Construir policías confiables, fiscalías capaces y tribunales independientes
requiere mucho más tiempo. Pero sólo ese segundo camino puede ofrecernos una
tranquilidad verdadera.
Porque el silencio puede parecer orden, pero no siempre significa
seguridad. Y un país no está realmente en paz cuando la ciudadanía deja de
tener miedo a los delincuentes, pero comienza a tener miedo de sus autoridades.
Fuente consultada
International IDEA. (2026). The
Global State of Democracy 2026: Democracy in an Age of Conflict.
https://doi.org/10.31752/56702