La democracia suele medirse por sus elecciones, por la existencia de partidos políticos, por la alternancia en el poder y por la vigencia de determinadas instituciones. Sin embargo, existe un elemento previo que con frecuencia recibe menos atención: la calidad de la ciudadanía que participa en ese sistema.
Una democracia puede contar con reglas electorales sofisticadas, autoridades profesionales y amplios catálogos de derechos, pero si sus ciudadanos carecen de herramientas para comprender la información pública, contrastar versiones, evaluar gobiernos y formar un juicio propio, el sistema democrático se vuelve vulnerable.
El problema no es menor. En el México contemporáneo, la ciudadanía tiene más acceso a información que en cualquier otro momento de nuestra historia. Al mismo tiempo, no parece evidente que ese incremento haya producido una capacidad proporcional para comprenderla.
Ésa es una de las paradojas de nuestro tiempo.
Durante buena parte del siglo XX, el problema democrático consistía en la concentración de la información. La radio, la televisión, la prensa y los canales institucionales permitían que unas cuantas voces tuvieran una influencia extraordinaria en la construcción de la opinión pública.
La transformación tecnológica modificó radicalmente ese escenario.
Hoy cualquier ciudadano puede consultar documentos, expresar opiniones, cuestionar autoridades, difundir denuncias y participar en conversaciones públicas sin depender necesariamente de los medios tradicionales. Esa apertura constituye un avance democrático indiscutible.
Pero también produjo un fenómeno nuevo: dejamos atrás la escasez de información para entrar en la época de la saturación.
El ciudadano recibe noticias, opiniones, propaganda, videos, mensajes, rumores y contenidos durante prácticamente todo el día. El teléfono se ha convertido simultáneamente en periódico, televisión, radio, biblioteca, plaza pública y espacio de propaganda.
El problema ya no es solamente tener acceso a la información.
Ahora debemos preguntarnos si contamos con las capacidades necesarias para distinguirla, comprenderla y utilizarla.
Escolaridad no significa necesariamente ciudadanía crítica
México ha realizado importantes esfuerzos para ampliar la cobertura educativa. Cada nueva generación posee, en promedio, mayores niveles de escolaridad que las anteriores.
Sin embargo, existe una diferencia importante entre asistir a la escuela y desarrollar pensamiento crítico.
La educación puede transmitir conocimientos, pero también puede acostumbrar al estudiante a recibir respuestas previamente elaboradas.
Cuando el aprendizaje privilegia excesivamente la memorización, la repetición y la aceptación de lo expresado por una figura de autoridad, existe el riesgo de formar personas capaces de aprobar exámenes, pero menos acostumbradas a cuestionar argumentos.
No significa que toda la educación mexicana sea dogmática. Existen extraordinarios docentes e instituciones que promueven la investigación, la discusión y la creatividad.
El problema se encuentra en la persistencia de una cultura educativa donde, en demasiadas ocasiones, resulta más importante responder correctamente que formular una buena pregunta.
Y una democracia necesita ciudadanos que sepan preguntar.
¿Quién afirma esto?
¿De dónde proviene la información?
¿Existe evidencia?
¿Hay otras interpretaciones?
¿Qué intereses están presentes?
¿Quién se beneficia?
¿Estoy dispuesto a cambiar de opinión si aparecen mejores argumentos?
Estas preguntas deberían formar parte natural de la vida democrática.
Saber leer no es suficiente
La alfabetización constituye uno de los grandes avances sociales de México. Pero saber leer no significa necesariamente comprender textos complejos ni interpretarlos críticamente.
Los resultados de PISA 2022 muestran una realidad que merece reflexión. Sólo 53 por ciento de los estudiantes mexicanos de quince años alcanzó al menos el nivel básico de competencia lectora, mientras que el promedio de la OCDE fue de 74 por ciento.
Más significativo todavía: solamente alrededor de 1 por ciento de los estudiantes mexicanos alcanzó los niveles superiores de lectura, donde se requiere comprender textos extensos, trabajar con conceptos abstractos y distinguir entre hechos y opiniones.
El dato debe manejarse responsablemente.
PISA no mide la capacidad democrática del ciudadano ni permite concluir que alguien con menor desempeño lector carezca de criterio político. Sería una interpretación equivocada.
Pero sí muestra una dificultad educativa relevante.
Las mismas capacidades necesarias para comprender un texto complejo son necesarias para interpretar una reforma constitucional, entender una encuesta, evaluar una política pública, analizar una sentencia o identificar contradicciones en un discurso político.
Una democracia necesita ciudadanos que sepan leer.
Pero necesita todavía más ciudadanos capaces de comprender aquello que leen.
La lectura también está cambiando
Los datos del Módulo sobre Lectura del INEGI ofrecen otro elemento de reflexión.
Entre 2015 y 2024 disminuyó la proporción de población adulta alfabeta de las áreas urbanas consideradas por la medición que declaró haber leído alguno de los materiales estudiados.
Esto no significa que los mexicanos hayan dejado de leer.
La transformación digital obliga a ser mucho más cuidadosos con esa conclusión.
Hoy se leen constantemente mensajes, publicaciones, comentarios, titulares, conversaciones y contenidos digitales.
Quizá nunca se habían leído tantas palabras durante un solo día.
La pregunta es diferente:
¿qué tipo de lectura estamos realizando?
Podríamos distinguir, para efectos de esta reflexión, cuatro niveles.
Existe una lectura de exposición: ver mensajes, encabezados y publicaciones.
Existe una lectura de comprensión: entender aquello que el texto expresa.
Existe una lectura crítica: comparar argumentos, verificar fuentes y reconocer intereses.
Y existe una lectura cívica: utilizar la información obtenida para evaluar gobiernos, partidos, candidatos y decisiones públicas.
Nuestro problema podría encontrarse precisamente allí.
Podemos ser una sociedad altamente expuesta a contenidos y, al mismo tiempo, dedicar poco tiempo a la lectura crítica.
La ilusión de estar informado
Las redes sociales han creado además una situación particularmente interesante.
Durante décadas, obtener información requería buscarla.
Había que comprar un periódico, acudir a una biblioteca, consultar un libro o escuchar un programa determinado.
Hoy ocurre frecuentemente lo contrario.
La información nos busca.
Las plataformas seleccionan aquello que observamos según nuestros hábitos, preferencias, búsquedas, reacciones y relaciones.
Esto genera comodidad, pero también una nueva forma de pasividad.
Podemos terminar conociendo aquello que un algoritmo considera que queremos conocer.
Y existe una diferencia enorme entre recibir información y buscar conocimiento.
El ciudadano puede sentir que se encuentra informado porque durante todo el día observa contenidos políticos. Sin embargo, muchos de esos contenidos solamente reproducen versiones breves de los acontecimientos.
La repetición produce familiaridad.
Y la familiaridad puede confundirse con verdad.
Una afirmación repetida miles de veces puede terminar pareciendo evidente aunque nunca haya sido demostrada.
Allí encontramos uno de los principales desafíos democráticos del siglo XXI.
Del ciudadano al seguidor
La política también ha comprendido esta transformación.
Los partidos políticos tradicionalmente tenían, entre otras funciones, la formación de cuadros, la elaboración de plataformas ideológicas y la educación política de sus militantes.
Buena parte de esa función ha desaparecido.
Muchos partidos se han convertido fundamentalmente en estructuras electorales.
Las escuelas de formación política fueron sustituidas por estrategias de comunicación.
La ideología por las encuestas.
La argumentación por el eslogan.
El militante por el seguidor.
Y el programa político por la imagen del candidato.
Este cambio tiene consecuencias.
Cuando disminuye la formación política, aumenta la importancia de la identidad emocional.
El ciudadano puede comenzar a defender a un partido o gobernante de la misma manera en que defiende a un equipo deportivo.
Los hechos dejan entonces de ser evaluados por sí mismos.
Una buena decisión del adversario puede ser rechazada por provenir del adversario.
Una mala decisión del grupo propio puede ser justificada porque reconocer el error se percibe como una traición.
Cuando esto ocurre, la democracia pierde una de sus condiciones fundamentales: la posibilidad de cambiar de opinión.
Educación y autonomía
Aquí aparece un concepto que deberíamos recuperar: la autoeducación.
La educación democrática no puede concluir cuando una persona termina la escuela.
La realidad política cambia constantemente.
Surgen nuevas tecnologías, nuevas leyes, nuevas formas de comunicación, nuevos derechos y nuevos problemas públicos.
Por ello, el ciudadano necesita continuar aprendiendo durante toda su vida.
Autoeducarse significa leer por iniciativa propia, contrastar información, consultar posiciones distintas y reconocer los propios prejuicios.
Significa también una virtud intelectualmente difícil: aceptar la posibilidad de estar equivocado.
Quizá ésta sea una de las habilidades democráticas más importantes.
El ciudadano verdaderamente libre no es quien carece de convicciones.
Es quien puede defenderlas y, al mismo tiempo, examinarlas.
El dogmatismo comienza cuando dejamos de preguntarnos si aquello que creemos podría ser falso.
Información y poder
La relación entre ciudadanía e información conduce inevitablemente al problema del poder.
Quien controla la información posee una capacidad extraordinaria para influir en la manera en que una sociedad interpreta su realidad.
Durante el siglo XX, ese control podía realizarse mediante la concentración de los medios.
En el siglo XXI, el fenómeno es más complejo.
No necesariamente se necesita impedir que una información circule.
Puede ser suficiente con producir miles de mensajes que compitan con ella.
La censura puede ser sustituida por la saturación.
El silencio puede ser sustituido por el ruido.
Y la propaganda puede presentarse como conversación espontánea entre ciudadanos.
Por ello, la defensa democrática de la libertad de expresión debe acompañarse de una política mucho más ambiciosa de alfabetización mediática.
No para decir al ciudadano qué debe pensar.
Precisamente para permitirle decidir por sí mismo.
El riesgo de una ciudadanía dependiente
Una ciudadanía con poca autonomía informativa puede desarrollar una relación particular con el poder.
En vez de evaluar permanentemente al gobierno, puede adoptar las explicaciones proporcionadas por éste.
En vez de exigir resultados, puede defender narrativas.
En vez de distinguir entre Estado, gobierno y partido, puede comenzar a identificarlos.
Y cuando esto ocurre, la democracia conserva formalmente al elector, pero comienza a perder al ciudadano.
Existe una diferencia importante.
El elector participa periódicamente.
El ciudadano participa permanentemente.
El elector selecciona una opción.
El ciudadano vigila al poder.
El elector recibe propaganda.
El ciudadano exige información.
El elector puede seguir a un líder.
El ciudadano sabe que ningún liderazgo se encuentra por encima de las instituciones.
La democracia necesita electores, por supuesto.
Pero necesita mucho más ciudadanos.
Una nueva responsabilidad democrática
Sería cómodo atribuir esta situación solamente al sistema educativo, a los gobiernos o a las redes sociales.
La responsabilidad es mucho más amplia.
Las escuelas deben promover pensamiento crítico.
Los partidos deben recuperar su función formativa.
Los gobiernos deben proporcionar información comprensible.
Los medios deben distinguir claramente información, análisis y opinión.
Las plataformas deben transparentar mejor la manera en que seleccionan contenidos.
Las universidades deben llevar el conocimiento más allá de sus espacios tradicionales.
Pero también existe una responsabilidad individual.
La libertad política no consiste únicamente en poder expresar nuestra opinión.
También implica asumir responsabilidad sobre la manera en que la formamos.
Compartir información sin verificarla, aceptar una afirmación porque coincide con nuestras convicciones o negarnos a escuchar argumentos diferentes son comportamientos que también deterioran el espacio democrático.
La democracia no solamente se construye en las instituciones.
También se construye en los hábitos intelectuales de cada ciudadano.
La democracia del conocimiento
Tal vez sea necesario incorporar una nueva dimensión al debate democrático.
Durante muchos años hablamos de democracia electoral.
Después hablamos de democracia participativa.
Más tarde incorporamos conceptos como democracia constitucional, democracia deliberativa y democracia de derechos.
Quizá ahora debamos hablar también de una democracia del conocimiento.
No significaría que deban gobernar los más educados ni establecer jerarquías entre ciudadanos.
Todo lo contrario.
Significaría garantizar a todas las personas las herramientas necesarias para comprender el mundo público en el que participan.
Una democracia del conocimiento tendría que formar ciudadanos capaces de distinguir hechos de opiniones, interpretar estadísticas, comprender las competencias de las autoridades, reconocer propaganda, verificar fuentes y conocer los mecanismos mediante los cuales pueden exigir sus derechos.
No se trata de enseñar qué pensar.
Se trata de enseñar cómo pensar democráticamente.
Conclusión
México ha realizado importantes avances en escolaridad, acceso a tecnologías y pluralidad informativa.
Nunca antes tantos ciudadanos habían tenido tantas posibilidades de conocer, expresarse y participar.
Pero la abundancia de información ha creado una paradoja.
Tenemos más información disponible y, al mismo tiempo, mayores dificultades para determinar qué es verdadero, qué es relevante y qué pretende manipularnos.
El desafío democrático contemporáneo no consiste solamente en garantizar elecciones libres.
También consiste en formar ciudadanos intelectualmente libres.
Una sociedad democrática requiere personas capaces de leer, comprender, preguntar, contrastar y modificar sus opiniones.
Necesita ciudadanos que no dependan permanentemente de alguien que les explique el mundo.
Porque existe una diferencia fundamental entre información y conocimiento.
La información se recibe.
El conocimiento se construye.
Y quizá exista también una diferencia semejante entre elector y ciudadano.
El elector vota.
El ciudadano piensa, cuestiona, participa y vigila al poder.
El futuro de nuestra democracia dependerá, en buena medida, de que seamos capaces de formar más ciudadanos que seguidores y más conciencias críticas que simples receptores de información.
Porque una democracia puede sobrevivir durante algún tiempo con ciudadanos desinformados.
Pero difícilmente puede desarrollarse plenamente sin ciudadanos capaces de pensar por sí mismos.