El comienzo de un proceso electoral normalmente es una ceremonia institucional. El Instituto Nacional Electoral anuncia que está preparado; los partidos prometen respetar las reglas y las consejerías recuerdan que la ciudadanía será la protagonista. Sin embargo, la sesión del 10 de septiembre dejó una impresión distinta: la elección de 2027 comenzó bajo un clima de desconfianza.
La confrontación entre partidos no es nueva. Ha estado presente en prácticamente todas las elecciones mexicanas. Lo novedoso y preocupante es que ahora una parte del propio Consejo General cuestiona las decisiones, los controles y la forma en que se conduce el Instituto.
No se trata todavía de afirmar que el INE sea incapaz de organizar la elección. Su estructura profesional, sus juntas locales y distritales y su experiencia acumulada continúan siendo fortalezas importantes. El problema se encuentra en otro lugar: la autoridad conserva capacidad técnica, pero muestra dificultades para construir confianza compartida.
Una diferencia que importa
Al iniciar el proceso electoral de 2018 existía una fuerte polarización política. Permanecía la desconfianza provocada por la elección presidencial de 2006 y comenzaban a preocupar el uso de redes sociales, las noticias falsas, el financiamiento irregular y la intervención gubernamental. No obstante, el Consejo General proyectaba una posición institucional relativamente cohesionada.
En 2021 el desafío principal fue extraordinario: organizar elecciones durante la pandemia. Había confrontaciones entre el gobierno federal y el INE, pero la discusión interna se concentraba en encontrar soluciones para instalar casillas, capacitar a la ciudadanía y proteger la salud. La sesión de inicio de septiembre de 2020 estuvo dominada por llamados a la unidad, al voto libre y a la capacidad profesional del Instituto.
El proceso de 2024 comenzó en condiciones más cercanas a las actuales. Ya existían campañas anticipadas disfrazadas de recorridos políticos, espectaculares, bardas y procesos internos adelantados. También había una nueva presidencia en el INE y una Secretaría Ejecutiva ocupada provisionalmente.
En aquella sesión del 7 de septiembre de 2023, Guadalupe Taddei convocó a las consejerías a buscar consensos y sostuvo que el camino del acuerdo debía colocarse por encima de los intereses personales. Hubo acusaciones entre partidos y cuestionamientos hacia la autoridad, pero todavía no aparecía con tanta claridad una disputa interna sobre si el INE estaba conservando o debilitando sus propios controles.
Eso es precisamente lo que distingue el inicio de 2027.
Cuando el desacuerdo entra al árbitro
En la sesión del 10 de septiembre de 2026, Arturo Castillo advirtió que México enfrenta “el escenario perfecto para una elección cuestionada”. También sostuvo que el INE parece haber claudicado en parte de su función de vigilar y arbitrar.
Martín Faz habló de un momento institucional que exige “más vigilancia sobre nosotros mismos, más rigor y menos autocomplacencia”. Cuestionó la concentración de facultades, la forma de designar a las personas titulares de las áreas ejecutivas y la flexibilización de algunos mecanismos de control.
En sentido contrario, otras consejerías defendieron la capacidad y fortaleza del Instituto. Arturo Chávez resumió esa posición con una frase contundente: “Perdimos el debate, ganó la institución”. El argumento es que, una vez tomada una decisión por mayoría, ésta se convierte en la posición institucional y debe respetarse.
Formalmente es correcto. Pero una decisión mayoritaria no deja de ser revisable ni queda exenta de crítica. En un órgano constitucional colegiado, disentir no debilita necesariamente a la institución. Puede fortalecerla si las diferencias se expresan con argumentos, evidencia y propuestas de corrección.
El verdadero riesgo aparece cuando ya no se discute solamente el contenido de una decisión, sino las motivaciones de quienes la adoptaron. Si unas consejerías hablan de claudicación o debilitamiento de controles y otras consideran que esas críticas construyen una imagen injusta de parcialidad, entonces el desacuerdo deja de ser exclusivamente técnico y se convierte en una fractura de confianza.
Lo que explica la ciencia política
Los estudios sobre integridad electoral muestran que una elección no se vuelve confiable únicamente porque los votos sean contados correctamente. La confianza también depende de lo que sucede antes de la jornada: las reglas, las candidaturas, el financiamiento, el acceso a medios, la actuación de los gobiernos, la imparcialidad del árbitro y la posibilidad de revisar los resultados.
El Electoral Integrity Project estudia precisamente la elección como un ciclo completo. Desde esta perspectiva, una jornada electoral puede estar técnicamente bien organizada y, sin embargo, terminar cuestionada si la ciudadanía percibe que la competencia previa fue desigual.
La investigación también ha identificado el llamado “efecto ganador-perdedor”. Quienes apoyan al partido ganador suelen confiar más en la elección; quienes pierden tienden a verla con mayor desconfianza. Por eso es indispensable distinguir entre una irregularidad demostrada y una acusación construida para justificar anticipadamente una derrota.
Esto vale para todos. La oposición puede presentar denuncias fundadas, pero también tiene incentivos para exagerar algunas fallas. El partido gobernante puede contar con respaldo ciudadano, pero también tiene incentivos para minimizar cualquier irregularidad. Ninguna de las dos posiciones debe aceptarse automáticamente como verdadera.
La función del INE es producir información, controles y decisiones suficientemente claros para que la validez de una elección no dependa de la versión del ganador ni de la inconformidad del perdedor.
Los partidos ya preparan sus explicaciones
PRI, PAN, Movimiento Ciudadano, Somos y Paz colocaron sobre la mesa un amplio catálogo de riesgos: campañas anticipadas, programas sociales, servidores públicos, financiamiento ilícito, delincuencia organizada, observación electoral, inteligencia artificial, desinformación y debilitamiento de la fiscalización.
Algunas advertencias son serias y requieren investigación. Otras fueron presentadas mediante expresiones políticas que todavía no cuentan con elementos suficientes para convertirse en conclusiones jurídicas.
Hablar desde ahora de una “elección de Estado”, como hizo la representación de Somos, no demuestra que ésta exista. Para sostener jurídicamente esa afirmación tendría que acreditarse una intervención gubernamental sistemática, coordinada, grave y determinante. Pero tampoco sería responsable desechar todas las denuncias como simples discursos opositores.
Morena respondió defendiendo su respaldo popular, la vigencia de la democracia y la continuidad de la Cuarta Transformación. Sin embargo, la popularidad no sustituye la legalidad. Un partido puede encabezar las encuestas y, aun así, estar obligado a respetar los tiempos electorales, la fiscalización y la neutralidad gubernamental.
Éste es uno de los problemas observados en la sesión: las acusaciones políticas recibieron respuestas políticas, pero faltaron contestaciones técnicas.
Una elección técnicamente posible, pero políticamente vulnerable
No existen elementos para afirmar que la elección de 2027 será necesariamente fraudulenta o que inevitablemente será una elección de Estado. Esas conclusiones requieren pruebas y no simples pronósticos.
Lo que sí puede sostenerse es que el proceso comienza con una vulnerabilidad mayor en su legitimidad. En 2018 la confrontación se encontraba principalmente entre los partidos. En 2021 se concentró en la relación entre el INE y el gobierno. En 2024 se manifestó alrededor de las campañas anticipadas y la equidad. En 2026, además de todos esos conflictos, la discusión se trasladó al interior del propio árbitro.
La señal de alerta no es que existan diferencias entre las consejerías. La pluralidad es natural en un órgano colegiado. El problema es que esas diferencias se relacionen con la independencia de las áreas técnicas, la conservación de controles y la disposición del Instituto para incomodar al poder cuando resulte necesario.
El INE puede llegar al día de la jornada con casillas instaladas, sistemas funcionando y votos correctamente contados. Pero si durante el camino no explica sus decisiones, no aplica las reglas de manera uniforme y no investiga oportunamente las denuncias, podría tener resultados matemáticamente correctos y políticamente cuestionados.
La elección de 2027 comenzó antes de que aparezca la primera boleta. Comenzó con una disputa por definir si el árbitro conserva la autoridad necesaria para hacer cumplir las reglas.
El reto del INE no será solamente organizar bien la elección. Será demostrar, mediante decisiones verificables y no únicamente mediante discursos, que puede actuar con independencia frente al gobierno, los partidos, los poderes económicos y la delincuencia organizada.
La democracia requiere votos. Pero, para mantenerse, también necesita que esos votos sean recibidos por una institución en la que ganadores y perdedores puedan confiar. Hoy esa confianza no está perdida definitivamente, pero tampoco puede darse por sentada.