martes, 8 de septiembre de 2026

Partido dominante y oposición debilitada: la nueva geografía de la militancia mexicana

Mtro. Manuel Alberto Cruz Martínez

Durante muchos años medimos la fuerza de los partidos casi exclusivamente por los votos obtenidos. Sin embargo, antes de que una candidatura aparezca en la boleta existe otra realidad menos visible: la organización territorial, la militancia, los comités y las personas capaces de sostener una presencia política permanente. Los datos más recientes del Instituto Nacional Electoral muestran que esa realidad está cambiando profundamente en México.

El 31 de agosto de 2026, el INE aprobó la verificación trienal de los padrones de los seis partidos políticos nacionales. Morena acreditó 11 millones 629 mil 541 afiliaciones válidas. El Partido Verde registró un millón 61 mil 319; el PRI, 819 mil 103; el Partido del Trabajo, 590 mil 797; el PAN, 366 mil 104, y Movimiento Ciudadano, 318 mil 642. En conjunto suman cerca de 14.8 millones de registros. Morena concentra aproximadamente 78.7 por ciento de ese universo y posee 3.68 veces más afiliaciones que los otros cinco partidos reunidos.

El dato es relevante, pero debe leerse con cuidado. Un afiliado no equivale necesariamente a un activista, y mucho menos a un voto seguro. El padrón partidista no mide identificación ideológica, intensidad de la participación, aprobación gubernamental ni intención electoral. Una persona puede aparecer formalmente como militante y mantener escasa relación con el partido; también puede votar por una opción distinta. Por eso sería metodológicamente incorrecto convertir esas afiliaciones en un pronóstico electoral.

Lo que sí revelan las cifras es una enorme asimetría organizativa. Mientras Morena acredita presencia en las 32 entidades y un padrón de dimensiones inéditas en la etapa reciente, algunas oposiciones apenas conservan una distancia reducida respecto del mínimo legal de 256 mil 29 afiliaciones. Mantener el registro nacional no significa necesariamente conservar una vida partidista vigorosa.

Aquí adquiere sentido hablar de una nueva geografía de la militancia. No se trata únicamente de localizar puntos sobre un mapa. Existe, primero, una geografía territorial: saber en qué estados, municipios y comunidades se encuentran los militantes. Hay también una geografía organizacional: determinar si detrás de los registros existen comités activos, formación política, deliberación interna, representación en casillas y vínculos cotidianos con la comunidad. Finalmente, existe una geografía del poder: observar si la expansión del partido ocurre simultáneamente con su control de gobiernos, congresos y espacios institucionales.

Esta última dimensión exige prudencia. El crecimiento de Morena no prueba por sí mismo que haya afiliaciones forzadas, utilización de programas sociales o presión sobre servidores públicos. Tales conductas tendrían que demostrarse con evidencia específica. Pero la concentración sí justifica una pregunta democrática: ¿la militancia expresa solamente una preferencia política o empieza a funcionar también como vía de acceso a candidaturas, cargos, relaciones institucionales y oportunidades dentro del gobierno?

Tampoco debemos utilizar indistintamente las expresiones partido mayoritario, predominante y dominante. Un partido mayoritario gana una elección. Uno predominante vence reiteradamente dentro de condiciones competitivas. Un partido dominante acumula ventajas estructurales tan amplias que la alternancia se vuelve progresivamente difícil, aunque continúe siendo jurídicamente posible. México no vive hoy una reproducción exacta del antiguo sistema hegemónico: todavía existen pluralidad política, gobiernos opositores, medios críticos y vías de impugnación. Pero sí observamos una tendencia hacia un sistema fuertemente concentrado.

El riesgo democrático no nace simplemente de que un partido tenga muchos militantes. Aparece cuando su ventaja organizativa se combina con el uso electoral del gobierno, la confusión entre comunicación pública y propaganda partidista, la presión sobre empleados o beneficiarios, el debilitamiento de los árbitros y la reducción de los contrapesos. En esas condiciones, la competencia puede conservar su forma jurídica y perder gradualmente su equilibrio material.

Sin embargo, explicar todo por el poder de Morena sería demasiado cómodo. La debilidad opositora también tiene causas propias: dirigencias cerradas, selección cupular de candidaturas, escasa democracia interna, falta de renovación generacional y ausencia de trabajo comunitario entre elecciones. Con frecuencia, algunos partidos buscan alianzas para sobrevivir sin construir previamente una identidad común ni una propuesta capaz de conectar con la vida cotidiana.

Una democracia necesita gobierno, pero también alternativas. La oposición no cumple su función solamente criticando; debe representar intereses, formar cuadros, abrir sus decisiones a la militancia y ofrecer proyectos creíbles. Cuando deja de hacerlo, el ciudadano no encuentra una opción diferente, incluso si legalmente existen varios partidos. La democracia también puede debilitarse por ausencia de alternativas capaces de merecer confianza.

La verificación realizada por el INE abre, además, una agenda de investigación. Necesitamos conocer la distribución municipal y seccional de los padrones, comparar afiliaciones con participación interna y votación efectiva, identificar altas y bajas a lo largo del tiempo y medir cuántas personas reconocen realmente su militancia. También debemos garantizar que cualquier ciudadano pueda consultar, corregir o cancelar su registro de manera sencilla. La libertad de afiliación incluye tanto el derecho a pertenecer como el derecho a no pertenecer.

La pregunta central, entonces, no es si Morena tiene demasiados afiliados. En democracia no puede reprocharse a un partido que convenza y organice legalmente a millones de personas. La cuestión es otra: ¿todos los partidos pueden competir y atraer militantes bajo condiciones razonablemente equitativas? ¿Puede una persona afiliarse o negarse a hacerlo sin consecuencias laborales, administrativas o económicas? ¿Existen contrapesos capaces de impedir que una mayoría legítima transforme su ventaja electoral en una superioridad institucional permanente?

México está viviendo algo más profundo que el crecimiento de un partido: una redistribución de la organización y del poder político. Su significado histórico dependerá de si esta mayoría convive con elecciones auténticas, instituciones autónomas, oposiciones renovadas y ciudadanos libres. Una democracia madura no teme a las mayorías; evita que se vuelvan incontestables.

Fuentes consultadas

Instituto Nacional Electoral, “En cumplimiento de la ley, el INE verifica que los Partidos Políticos Nacionales mantengan el número mínimo de personas afiliadas”, 31 de agosto de 2026: https://centralelectoral.ine.mx/2026/08/31/en-cumplimiento-de-la-ley-el-ine-verifica-que-los-partidos-politicos-nacionales-mantengan-el-numero-minimo-de-personas-afiliadas/

Instituto Nacional Electoral, “Padrón de Afiliados a partidos políticos” y reglas de verificación: https://www.ine.mx/actores-politicos/partidos-politicos-nacionales/padron-afiliados/

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