Mtro. Manuel Alberto Cruz Martínez
Durante muchos
años medimos la fuerza de los partidos casi exclusivamente por los votos
obtenidos. Sin embargo, antes de que una candidatura aparezca en la boleta
existe otra realidad menos visible: la organización territorial, la militancia,
los comités y las personas capaces de sostener una presencia política
permanente. Los datos más recientes del Instituto Nacional Electoral muestran
que esa realidad está cambiando profundamente en México.
El 31 de agosto
de 2026, el INE aprobó la verificación trienal de los padrones de los seis
partidos políticos nacionales. Morena acreditó 11 millones 629 mil 541
afiliaciones válidas. El Partido Verde registró un millón 61 mil 319; el PRI,
819 mil 103; el Partido del Trabajo, 590 mil 797; el PAN, 366 mil 104, y
Movimiento Ciudadano, 318 mil 642. En conjunto suman cerca de 14.8 millones de
registros. Morena concentra aproximadamente 78.7 por ciento de ese universo y
posee 3.68 veces más afiliaciones que los otros cinco partidos reunidos.
El dato es
relevante, pero debe leerse con cuidado. Un afiliado no equivale necesariamente
a un activista, y mucho menos a un voto seguro. El padrón partidista no mide
identificación ideológica, intensidad de la participación, aprobación
gubernamental ni intención electoral. Una persona puede aparecer formalmente
como militante y mantener escasa relación con el partido; también puede votar
por una opción distinta. Por eso sería metodológicamente incorrecto convertir
esas afiliaciones en un pronóstico electoral.
Lo que sí
revelan las cifras es una enorme asimetría organizativa. Mientras Morena
acredita presencia en las 32 entidades y un padrón de dimensiones inéditas en
la etapa reciente, algunas oposiciones apenas conservan una distancia reducida
respecto del mínimo legal de 256 mil 29 afiliaciones. Mantener el registro
nacional no significa necesariamente conservar una vida partidista vigorosa.
Aquí adquiere
sentido hablar de una nueva geografía de la militancia. No se trata únicamente
de localizar puntos sobre un mapa. Existe, primero, una geografía territorial:
saber en qué estados, municipios y comunidades se encuentran los militantes.
Hay también una geografía organizacional: determinar si detrás de los registros
existen comités activos, formación política, deliberación interna,
representación en casillas y vínculos cotidianos con la comunidad. Finalmente,
existe una geografía del poder: observar si la expansión del partido ocurre
simultáneamente con su control de gobiernos, congresos y espacios
institucionales.
Esta última
dimensión exige prudencia. El crecimiento de Morena no prueba por sí mismo que
haya afiliaciones forzadas, utilización de programas sociales o presión sobre
servidores públicos. Tales conductas tendrían que demostrarse con evidencia
específica. Pero la concentración sí justifica una pregunta democrática: ¿la
militancia expresa solamente una preferencia política o empieza a funcionar
también como vía de acceso a candidaturas, cargos, relaciones institucionales y
oportunidades dentro del gobierno?
Tampoco debemos
utilizar indistintamente las expresiones partido mayoritario, predominante y
dominante. Un partido mayoritario gana una elección. Uno predominante vence
reiteradamente dentro de condiciones competitivas. Un partido dominante acumula
ventajas estructurales tan amplias que la alternancia se vuelve progresivamente
difícil, aunque continúe siendo jurídicamente posible. México no vive hoy una
reproducción exacta del antiguo sistema hegemónico: todavía existen pluralidad
política, gobiernos opositores, medios críticos y vías de impugnación. Pero sí
observamos una tendencia hacia un sistema fuertemente concentrado.
El riesgo
democrático no nace simplemente de que un partido tenga muchos militantes.
Aparece cuando su ventaja organizativa se combina con el uso electoral del
gobierno, la confusión entre comunicación pública y propaganda partidista, la
presión sobre empleados o beneficiarios, el debilitamiento de los árbitros y la
reducción de los contrapesos. En esas condiciones, la competencia puede
conservar su forma jurídica y perder gradualmente su equilibrio material.
Sin embargo,
explicar todo por el poder de Morena sería demasiado cómodo. La debilidad
opositora también tiene causas propias: dirigencias cerradas, selección cupular
de candidaturas, escasa democracia interna, falta de renovación generacional y
ausencia de trabajo comunitario entre elecciones. Con frecuencia, algunos
partidos buscan alianzas para sobrevivir sin construir previamente una
identidad común ni una propuesta capaz de conectar con la vida cotidiana.
Una democracia
necesita gobierno, pero también alternativas. La oposición no cumple su función
solamente criticando; debe representar intereses, formar cuadros, abrir sus
decisiones a la militancia y ofrecer proyectos creíbles. Cuando deja de
hacerlo, el ciudadano no encuentra una opción diferente, incluso si legalmente
existen varios partidos. La democracia también puede debilitarse por ausencia
de alternativas capaces de merecer confianza.
La verificación
realizada por el INE abre, además, una agenda de investigación. Necesitamos
conocer la distribución municipal y seccional de los padrones, comparar
afiliaciones con participación interna y votación efectiva, identificar altas y
bajas a lo largo del tiempo y medir cuántas personas reconocen realmente su
militancia. También debemos garantizar que cualquier ciudadano pueda consultar,
corregir o cancelar su registro de manera sencilla. La libertad de afiliación
incluye tanto el derecho a pertenecer como el derecho a no pertenecer.
La pregunta
central, entonces, no es si Morena tiene demasiados afiliados. En democracia no
puede reprocharse a un partido que convenza y organice legalmente a millones de
personas. La cuestión es otra: ¿todos los partidos pueden competir y atraer
militantes bajo condiciones razonablemente equitativas? ¿Puede una persona
afiliarse o negarse a hacerlo sin consecuencias laborales, administrativas o
económicas? ¿Existen contrapesos capaces de impedir que una mayoría legítima
transforme su ventaja electoral en una superioridad institucional permanente?
México está
viviendo algo más profundo que el crecimiento de un partido: una redistribución
de la organización y del poder político. Su significado histórico dependerá de
si esta mayoría convive con elecciones auténticas, instituciones autónomas,
oposiciones renovadas y ciudadanos libres. Una democracia madura no teme a las
mayorías; evita que se vuelvan incontestables.
Fuentes consultadas
Instituto
Nacional Electoral, “En cumplimiento de la ley, el INE verifica que los
Partidos Políticos Nacionales mantengan el número mínimo de personas
afiliadas”, 31 de agosto de 2026:
https://centralelectoral.ine.mx/2026/08/31/en-cumplimiento-de-la-ley-el-ine-verifica-que-los-partidos-politicos-nacionales-mantengan-el-numero-minimo-de-personas-afiliadas/
Instituto
Nacional Electoral, “Padrón de Afiliados a partidos políticos” y reglas de
verificación:
https://www.ine.mx/actores-politicos/partidos-politicos-nacionales/padron-afiliados/
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