miércoles, 8 de julio de 2026

La democracia puede perderse sin que un solo soldado salga a las calles."

 Durante décadas imaginamos que el final de una democracia comenzaba con tanques frente al Congreso, censura absoluta y suspensión de la Constitución. La historia del siglo XXI demuestra algo distinto.

Hoy las democracias pueden deteriorarse lentamente.

Continúan celebrándose elecciones.

Los congresos siguen sesionando.

Los tribunales permanecen abiertos.

Los periódicos continúan circulando.

Pero, poco a poco, las instituciones dejan de cumplir la función para la que fueron creadas.

Freedom House lleva varios años documentando un fenómeno preocupante: la libertad en Internet disminuye en numerosos países considerados democráticos.

La discusión ya no gira únicamente sobre quién gana las elecciones.

Ahora importa cómo se gobierna después de ganarlas.

Gideon Rachman denomina a este fenómeno "la era de los líderes autoritarios". No habla únicamente de dictadores tradicionales. Analiza un nuevo tipo de liderazgo que concentra poder, desacredita instituciones, divide a la sociedad entre "el pueblo" y "los enemigos", y convierte la política en una relación directa entre el gobernante y la ciudadanía. �

2022-Rachman-lideres_autoritarios.pdf

México no puede analizarse al margen de esa discusión mundial.

Nuestro país continúa celebrando elecciones competitivas.

Sin embargo, durante los últimos años hemos observado un debilitamiento progresivo de organismos autónomos, reformas profundas al Poder Judicial, una confrontación constante con medios de comunicación y organizaciones civiles, así como un debate cada vez más intenso sobre la regulación de las redes sociales.

Cada una de esas decisiones puede discutirse de manera aislada.

Lo verdaderamente relevante aparece cuando todas se observan en conjunto.

La pregunta deja de ser si una reforma es constitucional.

La pregunta correcta consiste en saber si el conjunto de reformas fortalece o debilita la arquitectura democrática.

Las democracias no se sostienen únicamente mediante votos.

También sobreviven gracias a jueces independientes, organismos autónomos, prensa libre, ciudadanía crítica y libertad para disentir.

Cuando alguno de esos pilares comienza a erosionarse, la democracia continúa existiendo... pero deja de parecerse a sí misma.

Quizá esa sea la mayor enseñanza de nuestro tiempo.

El peligro ya no consiste en perder la democracia de un día para otro.

El verdadero riesgo es acostumbrarnos a verla deteriorarse lentamente hasta considerar normal aquello que hace apenas unos años habría resultado inadmisible.

Porque las libertades rara vez desaparecen de golpe.

Generalmente se extinguen por pequeñas renuncias sucesivas.

Y cuando la sociedad finalmente advierte su ausencia, suele descubrir que recuperarlas resulta mucho más difícil que defenderlas a tiempo.

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