sábado, 29 de agosto de 2026

Resiliencia sin confianza: la ciudadanía frente a una democracia que sobrevive, pero no sana

Una elección puede terminar correctamente y, aun así, dejar detrás una democracia herida. Puede instalarse la totalidad de las casillas, contarse los votos, resolverse las impugnaciones y declararse una candidatura ganadora. Sin embargo, si una parte considerable de la población sospecha de las autoridades, desconoce las reglas o cree que todo resultado adverso es producto de un fraude, el problema democrático permanece.

Esta aparente contradicción nos obliga a distinguir entre dos conceptos: resiliencia electoral y confianza ciudadana.

La resiliencia es la capacidad de las instituciones para resistir presiones sin colapsar. La confianza, en cambio, es la convicción de que las reglas son justas, las autoridades son imparciales y los resultados reflejan auténticamente la voluntad popular. Una elección puede ser resiliente porque logra superar una crisis, pero seguir siendo débil porque la sociedad no confía en quienes la organizaron.

El caso de Honduras ayuda a comprenderlo. Un estudio publicado por IDEA Internacional el 27 de agosto de 2026 analizó las elecciones generales celebradas en ese país en noviembre de 2025. El proceso enfrentó narrativas anticipadas de fraude, fallas en la identificación biométrica, presiones contra las instituciones, violencia en determinadas regiones y una diferencia de apenas 0.76 puntos porcentuales entre los dos principales candidatos presidenciales.

A pesar de ello, la elección no terminó en una ruptura constitucional. Los simulacros técnicos, la observación nacional e internacional, el trabajo de medios independientes, la intervención de organizaciones civiles y el reconocimiento gradual de los resultados contribuyeron a contener la crisis. Las misiones de observación no encontraron irregularidades sistémicas que justificaran invalidar el proceso.

Honduras demostró resiliencia, pero no necesariamente recuperó la confianza. Continuaron la dependencia presupuestaria de los organismos electorales, su integración mediante cuotas partidistas, la polarización y la percepción de que los conflictos políticos podían resolverse presionando a las instituciones.

¿De qué sirve entonces que una elección sobreviva si la ciudadanía sigue desconfiando de ella?

Sirve para evitar el colapso inmediato, pero no basta para sanar la democracia. Cuando la confianza se deteriora, cualquier error administrativo puede interpretarse como fraude; un retraso se convierte en prueba de manipulación, y una sentencia desfavorable es presentada como evidencia de parcialidad. La discusión deja de centrarse en hechos comprobables y comienza a depender de identidades partidistas, emociones y mensajes repetidos en redes sociales.

Aquí aparece el papel de la ciudadanía.

Durante mucho tiempo hemos reducido la participación ciudadana al voto. Se convoca a la población el día de la elección, se le pide que elija entre distintas opciones y después se le devuelve a la condición de espectadora. Esa concepción resulta insuficiente para enfrentar la complejidad de las democracias actuales.

La ciudadanía no debe limitarse a elegir gobiernos. También debe vigilar al poder, verificar información, exigir rendición de cuentas, participar en organizaciones sociales y defender las reglas democráticas, incluso cuando esas reglas favorezcan a una opción política distinta de la propia.

Ésta es quizá la prueba más difícil de la cultura democrática: exigir legalidad cuando gana nuestro adversario y también cuando gana nuestra preferencia. Si sólo denunciamos irregularidades cuando perdemos, pero las justificamos cuando beneficia a nuestro partido, no estamos defendiendo la democracia; estamos defendiendo una identidad política.

Participar activamente tampoco significa respaldar incondicionalmente a las autoridades electorales. La confianza democrática no puede ser obediencia ciega. Una ciudadanía madura debe exigir explicaciones, datos abiertos, auditorías, resoluciones comprensibles y mecanismos efectivos para controvertir las decisiones públicas. Debe desconfiar razonablemente, pero también estar dispuesta a modificar su opinión cuando la evidencia contradiga sus sospechas.

Sin embargo, tampoco podemos responsabilizar exclusivamente a la ciudadanía. Las personas dejan de participar cuando sienten que su intervención no produce consecuencias. Si una consulta se realiza después de que la decisión ya fue tomada, si un foro ciudadano sólo sirve para cumplir un requisito administrativo o si presentar una denuncia exige conocimientos jurídicos especializados, la participación se convierte en simulación.

Por eso no basta preguntar cómo hacer que participe más la ciudadanía. Debemos preguntarnos cómo conseguir que su participación tenga efectos verificables.

El primer requisito es contar con información comprensible. La transparencia no consiste en publicar miles de documentos que nadie puede entender. Consiste en explicar qué se decidió, por qué se decidió, qué datos se utilizaron y cómo puede revisarse la decisión.

El segundo es mantener una educación cívica permanente. No debe aparecer únicamente durante las campañas. Necesitamos aprender a identificar desinformación, distinguir una encuesta de una propaganda, presentar una denuncia, solicitar información pública, observar una elección y comprender qué puede y qué no puede resolver un tribunal.

El tercer requisito consiste en crear canales sencillos y seguros de participación. Quien denuncia compra de votos, amenazas, violencia política o uso indebido de recursos públicos debe encontrar procedimientos accesibles y protección frente a represalias. No puede exigirse valentía ciudadana cuando el Estado abandona a quienes deciden involucrarse.

También deben fortalecerse las organizaciones intermedias: universidades, colegios profesionales, asociaciones vecinales, observatorios ciudadanos, medios locales y organizaciones civiles. Una persona aislada tiene pocas posibilidades de incidir; una ciudadanía organizada puede reunir evidencia, vigilar políticas públicas y exigir respuestas.

Una investigación comparada publicada recientemente en la International Review of Administrative Sciences, basada en entrevistas con 82 servidores públicos brasileños y 66 estadounidenses, llegó a una conclusión semejante: la defensa de la democracia no depende únicamente de actos individuales de heroísmo. Las personas resisten mejor las presiones autoritarias cuando existen redes de apoyo, culturas profesionales sólidas, asociaciones externas y protección frente a represalias.

Lo mismo puede aplicarse a la ciudadanía. La participación democrática no surge espontáneamente ni se sostiene solamente mediante llamados al civismo. Necesita información, organización, protección y posibilidades reales de incidencia.

En México conservamos importantes capacidades electorales: padrón, casillas integradas por ciudadanos, programas de resultados preliminares, cómputos, recuentos, fiscalización y tribunales especializados. Pero esa fortaleza técnica convive con polarización, violencia criminal, campañas anticipadas, descalificación de autoridades y reformas discutidas desde la lógica de la confrontación.

El riesgo no consiste únicamente en que las instituciones sean incapaces de organizar una elección. También existe la posibilidad de que organicen correctamente los comicios, pero no consigan producir suficiente confianza social para que el resultado sea aceptado.

Debemos precisar, además, que la desconfianza no prueba por sí misma la existencia de fraude. Un margen estrecho eleva la tensión, pero no demuestra una irregularidad determinante. Para invalidar una elección es necesario acreditar conductas concretas, gravedad, extensión, causalidad e impacto sobre el resultado o la autenticidad del proceso.

La confianza no puede sustituir a la prueba, pero la prueba debe comunicarse de manera que pueda producir confianza.

Podríamos expresar esta relación mediante una fórmula sencilla:

Resiliencia democrática = instituciones capaces + ciudadanía informada + participación con incidencia.

Las instituciones pueden organizar elecciones y los tribunales pueden resolver conflictos. Pero sólo una ciudadanía activa puede convertir esos procedimientos en una democracia viva.

La pregunta final no es únicamente si nuestras instituciones resistirán la próxima crisis electoral. La pregunta verdaderamente importante es otra:

¿Queremos una ciudadanía convocada cada tres años para votar, o una ciudadanía con capacidad permanente para vigilar, deliberar, corregir y defender la democracia?

Una democracia puede sobrevivir temporalmente sin confianza. Lo que difícilmente puede hacer es consolidarse sin ciudadanía.

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