sábado, 15 de agosto de 2026

La soberanía no puede ser de un solo lado

 La cancelación de la visa estadounidense a Andrés Manuel López Beltrán ha provocado una reacción política que va mucho más allá de una decisión migratoria. Morena ha hablado de presión externa, defensa de la soberanía e incluso de injerencia política.

Pero conviene hacer una distinción sencilla: la soberanía también funciona para los demás países.

México tiene pleno derecho a decidir quién entra a su territorio. Estados Unidos tiene exactamente la misma facultad. Una visa no es un derecho político del ciudadano mexicano; es una autorización que otro Estado concede conforme a sus propias leyes.

Por ello, cancelar una visa puede ser una decisión incómoda, políticamente significativa e incluso contener un mensaje diplomático, pero no constituye por sí misma una intervención en los asuntos internos de México.

El problema comienza cuando se intenta transformar una decisión sobre una persona en una agresión contra todo un país.

Una persona no es México.

Un partido no es México.

Un gobierno tampoco es México.

La soberanía pertenece al pueblo mexicano.

Esto no significa que debamos ignorar una posible intervención extranjera. Por el contrario, México debe estar particularmente atento ante cualquier intento externo por influir en sus elecciones. Pero para hablar seriamente de injerencia se necesitan hechos: presiones para modificar decisiones internas, financiamiento político, propaganda dirigida, condicionamientos, amenazas o acciones deliberadas encaminadas a favorecer o perjudicar alguna opción electoral.

No basta con afirmar que existe injerencia porque una decisión tomada en otro país perjudica políticamente a alguien en México.

Aquí aparece un asunto todavía más delicado.

Estamos acercándonos a un nuevo ciclo electoral y podría comenzar a construirse una narrativa peligrosa: que cualquier investigación, sanción, cancelación de visa o declaración proveniente de Estados Unidos contra algún personaje político mexicano constituye automáticamente un ataque contra la soberanía nacional.

Si esa idea prospera, la discusión dejará de ser sobre responsabilidades individuales y pasará a convertirse en una confrontación entre “México y el extranjero”.

Esa narrativa puede ser electoralmente muy poderosa.

México tiene una memoria histórica especialmente sensible respecto de Estados Unidos. Por eso palabras como soberanía, intervención o defensa de la patria despiertan emociones profundas y pueden movilizar políticamente a una sociedad.

Precisamente por esa razón debemos utilizarlas con responsabilidad.

No toda presión es injerencia.
No toda crítica es intervención.
Y no toda decisión extranjera que produzca consecuencias políticas en México viola nuestra soberanía.

Si apareciera un patrón de actuaciones extranjeras dirigido deliberadamente a modificar la voluntad electoral mexicana, entonces tendríamos un problema muy serio que debería analizarse constitucional, diplomática y electoralmente.

Pero ese fenómeno tendría que demostrarse, no simplemente proclamarse.

La defensa de la soberanía nacional es demasiado importante para convertirla en una herramienta de coyuntura política.

México debe defender siempre su derecho a decidir libremente su destino.

Pero también debe reconocer que otros Estados ejercen soberanía dentro de sus propias fronteras.

Porque, al final, la soberanía no puede ser de un solo lado.

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